La pata que cojea: Extroversión laboral, introversión personal

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Saludo a unas 230 personas al día en el trabajo. Con la mayor parte sólo cruzo unas palabras pero con muchas tengo conversaciones rápidas. Suelen ser conversaciones amables y agradables en su mayoría (por fortuna y salvo contadas excepciones). Nunca jamás había “socializado” tanto y para mí está siendo una experiencia muy positiva. He evolucionado y madurado mucho gracias a este contacto tan variado y frecuente con mis semejantes. En síntesis es eso mismo, actualmente sitúo a cualquier ser humano que entra al establecimiento (sea del sexo, raza, edad y condición que sea) en el grupo de “mis semejantes”. Da igual si es de derechas que si es de izquierdas, si se pasa las horas muertas viendo Gran Hermano o series de Miyazaki, si es una yaya alemana o un chaval catalán de 14. Todos son mis semejantes, a todos los sitúo prácticamente al mismo nivel y a todos los trato por igual (aunque unos me aporte más o menos y tenga mayor o menor facilidad de comunicación con ellos). Eso antes no era así, ni mucho menos. Mi grupo mental “mis semejantes” era mucho más reducido y mi sentimiento de pertenencia al grupo estaba asociado a un grupo bastante menos amplio y general. Es de perogrullo pero, verme forzada a conocer y relacionarme con gente de todo tipo, aunque sea de forma superficial me ha vuelto más abierta, tolerante y social, en general.

Pero bueno, estas interacciones no dejan de ser conversaciones triviales, banales y superficiales, en las que ambas partes nos vemos limitadas por la situación y naturaleza forzada de la relación y por supuesto, por las convenciones sociales. Aunque todos nos mostramos un poquito y algo verdadero de nosotros se revela, no deja de ser todo “fachada”, “figuración”, “actuación”… Nuestra cara social. La que se relaciona con otros con mesura, educación y modos más o menos “protocolarios”. No se conecta realmente con nadie, aunque intuyes que, de ser otra la situación, con tal o cual persona, quizá podrías hacerlo. Pero no parece haber lugar, necesidad, o modo natural de encontrar a estas personas en otras situaciones. Pertenecemos a mundos separados y sólo coincidimos en ese. No existe interés (ni creo que estuviera bien visto socialmente*) por coincidir en otro.

* “El otro día me atendió una cajera muy simpática y tuvimos una conversación de buen rollo y nos caímos tan bien que quedamos para dar una vuelta y charrar un rato”. No, esto no suele suceder. Y seamos sinceros, al leer esta frase, es fácil prejuzgar que uno (u ambos) pretenden ligar.

Hace mucho que no forjo una relación profunda con nadie. Y lo percibo como una carencia y una necesidad insatisfecha.

En el pasado sí forjé algunas y claro, actualmente cuento con relaciones profundas que vienen de diferentes épocas de mi vida. Están esas que aún permanecen, latentes aunque “sin usar”, otras con “escaso e insuficiente uso” que quedaron en pausa tras algún intento de reflote infructuoso, aquellas olvidadas, prohibidas o totalmente extinguidas que ya nunca más podré “volver a usar” y esas que sé que “debería usar más” o acabarán por extinguirse también… pero no encuentro cómo ni sale de forma natural hacerlo. Esto último daría para su propia reflexión, pero de momento quisiera centrarme en de cómo forjé en el pasado esas relaciones profundas, para tener una idea cómo puede ser el proceso general…

Quizá el extraer de mi experiencia un patrón lógico y unas conclusiones sea de ayuda mejorar en el aspecto social. Sigue en…

La pata que cojea: ¿Cómo nacieron mis amistades?

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