El punto de inflexión

Siempre he sido una persona vaga.

No vaga en el sentido de no tener interés por nada, o no ser capaz de moverme en ningún aspecto o necesitar un taxi para ir al pueblo de al lado. Vaga en un sentido de desempeño físico, excepto para muy contadas actividades que se pueden resumir casi en una sola: caminar.  Y caminar, si es por la montaña y con un destino, mejor.

De toda la vida he “sabido” que mis capacidades físicas eran peor que mediocres, que el ejercicio físico “no era lo mío”. Es algo con lo que convivo desde bien pequeña y que se ha visto favorecido por mi tendencia natural a la dejadez, la falta de costumbre y un umbral bastante bajo de tolerancia al dolor y al esfuerzo, además de un montón de límites cerebrales (de los que hablaré en el futuro) que se acaban transformando en físicos porque todo es lo mismo. De manera que, aunque nunca he considerado que mi vida no fuera activa, nunca he hecho ejercicio con asiduidad porque “no me gustaba” y no me sentía cómoda con ello ni física ni mentalmente.

Con los años y la presencia e insistencia constante estos últimos 12 de una persona que, pese a sus problemas y limitaciones para equilibrarse, sí era “lo suyo”, he sido cada vez más consciente de la importancia de llevar una vida realmente activa, de cuidarme físicamente, de la necesidad de hacer ese desagradable esfuerzo con la lejana promesa de que merece la pena o, a las malas, por pura necesidad. Sin embargo, hasta hace siete meses, no eran más que leves intentos de hacer “algo”, pero siempre más a disgusto que con convencimiento, siempre a regañadientes, y aunque atisbando muy a lo lejos una pequeña mejora (ese ” merece la pena”), nunca siendo tan relevante como para conseguir una verdadera constancia por parte de mi poco comprometida persona.

Tuve que verme en mitad de una ruta de montaña claramente por encima de mis capacidades, extenuada, sola por mi incapacidad para seguir el ritmo de mis compañeros y tan dolida física y emocionalmente que lo único que podía hacer era tirarme al suelo a llorar, consumida por la ansiedad de ver que la noche nos caía encima y yo no podía avanzar. Mi cuerpo simplemente no podía conmigo.

Sentirme así me destrozó. Puedo aceptar ser peor que mediocre: muchos años de habituación al pequeño sentimiento de ridículo cuando eres la más lenta, la menos hábil, la más cobarde del grupo social me permitían vivir con ello y me habría permitido seguir viviendo. Pero la montaña… Es otra historia. La montaña es mi vida y que se viera pervertida con aquel sufrimiento y sentimiento de incapacidad fue más de lo que mi pereza natural fue capaz de sepultar.

De manera que, tras aquella experiencia y de que Estefa me echara la bronca incitara a reflexionar asumí internamente algo tan sencillo y revelador como que me hago mayor, lenta (cada vez menos) e inexorablemente, lo cual es algo que, sinceramente, me aterra. Y que la única manera que tengo de enfrentarme a un envejecimiento digno, de luchar contra el paso de los años y ralentizar en lo posible la pérdida de las pocas cosas que me hacen disfrutar de la vida, era fortaleciendo mi cuerpo.

Y aunque no es más fácil sólo por el hecho de quererlo de verdad (ni mucho menos) ni es todo lo que importa (pero lo dejaremos para otro día), eso es, en esencia, lo que me consiguió comprometer con un entrenamiento real y cada día me motiva a seguir.

Necesito ser cada día un poco más fuerte, que los años pesan cada vez más y a mí aun me quedan muchas montañas que subir con ellos a cuestas 🙂

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