Yo también quiero recuperar la locomoción natural

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Foto realizada intencionadamente con toda la roña tras ocho horas de curro

Estas son mis urban silver, de la tienda Sprinter. O mis segundos pies (quizá debería decir primeros porque paso más horas con ellas puestas que sin ellas). No parecen nada del otro mundo, pero es sorprendente y triste lo difícil que es encontrar calzado de estas características, con menos de 1 cm de suela y nada de “drop” o muy poco (la inclinación entre el talón y los dedos, vamos, el “tacón”).

Las compramos allá por enero cuando Estefa estaba en plena efervescencia minimalista, para tener algo realmente cómodo y discreto con lo que ir al trabajo. Estaba muy contenta con ellas, tienen la suela justa para no ser amortiguadas y mucha adherencia, y se ajustan como un guante. Sin embargo, fue ponérselas un día y empezaron con las exigencias de calzado de seguridad, así que tuvo que dejar de usarlas o arriesgarse a tener bronca en el trabajo.

Yo por entonces empezaba a necesitar algo nuevo también para trabajar y la verdad, llevada por su entusiasmo y reflexiones como las de Robert Sánchez acerca de lo maltratados que tenemos a nuestros pies, tenía ganas de darle una oportunidad al calzado plano. Así que en un acto de amor infinito me las cedió para que las probara. Yo no las tenía todas conmigo porque siempre he andado muy incómoda con calzado plano y descalza  (me dolían mucho los pies y la espalda, sensación que desaparecía con un par de centímetros de elevación de talón, como recomiendan incluso en los cursos de riesgos laborales…), si bien es cierto que desde hace unos años solo aguantaba zapatillas de running lo más ligeras posibles o las sandalias de trekking ligth. Además no eran mi talla. Pero me las probé y las podía llevar aceptablemente así que allá que me fui siete u ocho horas a patear en el curro.

Y me cansé bastante y me dolían las plantas de los pies, claro que me dolían, pero a la vez me sentía volar de la tienda al horno y del horno a la tienda, tanto que tenía que contenerme para no saltar los tres escalones (aún se me escapan carreritas por el obrador aunque no estoy segura de que mis jefas lo aprueben) y la sensación de “control” al estar tan en contacto con el suelo fue gratamente sorprendente aunque un poco dolorosa en exteriores.

Pero el dolor y la hipersensibilidad de pies desaparecieron en seguida en cuanto empecé a usarlas a diario y se me acostumbraron los músculos y se me siguió reforzando la planta de los pies. Ya ni siquiera recordaba que las primeras veces, cuando intentaba correr para coger el tren, era un infierno por dolor e incapacidad y no me daba tiempo. Entiendo que una adaptación tan rápida fue posible porque ya llevaba tres o cuatro meses con entrenamiento funcional y en casa siempre lo hacemos descalzas, de manera que ya me había fortalecido un poco. Además se amoldaron a mi pie como un guante, cediendo en seguida el número que me faltaba y otorgándome una gran libertad de movimiento.

Pese a las recomendaciones oficiales, no me ha vuelto a doler la espalda en el trabajo por estar ocho horas de pie (salvo algunos días que no me he podido mover lo suficiente), cosa que me ha vuelto a pasar cuando no me las he puesto por cualquier motivo. Sí acabo dolorida y cansada con cualquier otro calzado de los que ya tenía.

Las empecé a usar para todo, aunque no quería abusar porque las necesitaba para trabajar, pero antes de que terminaran de morir conseguí comprarlas de nuevo hace una semana, un último par, a través de la web. Ya había hecho algunas carreras de diez o quince minutos casi enteramente urbanas con unas newfeel barateras planas del Decathlon (otro intento frustrado de calzado laboral) pero yo estaba deseando poder correr con ellas más allá de mis sprints para coger el tren porque las sensaciones son muy diferentes, principalmente por el material de la suela. Teniendo las nuevas por fin he podido empezar a sacar las viejas y gastadas (una vez bien pegada de nuevo la suela) a correr al campo.

Y es increíble lo sencillo que resulta correr así, cuando ya llevas tiempo cuidando el paso y acostumbrando a los pies a trabajar y a no talonear nada. Sí, hay piedras y se notan. Sí, duelen los pies y te cansas más pero y ¿a quién se le ocurrió que eso había que evitarlo…? La sensación de ligereza y agilidad compensa con creces el dolor inicial en la zona del tendón de Aquiles (nuestras carreras siempre empiezan cuesta arriba y, por más que te lo tomes con calma, duele) y la concentración que requiere cada paso. Se puede decir que dejas de disfrutar un poco del entorno a tu alrededor para disfrutarlo y relacionarte con él de otra manera.

Merece mucho la pena empezar a moverse con los pies más libres y más cerca del suelo, no sólo por los numerosos beneficios físicos si no también como experiencia vital humana. Aunque suponga adaptarse a nuevos tiempos o distancias. Pero hay que probarlo para creerlo, la verdad, porque a mi también me parecían unos frikis un poco masoquistas y radicales estos del barefoot empezando por mi pareja 😉

Está semana quiero lanzarme a por los siete km y pico de nuestra ruta estándar por la Penya el Moro, a ver qué tal. Parece ridículo, pero no necesito mucho más si puedo correr con mis patitas cada día mas libres. Se valen muy bien por sí solas.

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