Multitarea y productividad, optimización para la vida diaria

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Hoy mientras me tomaba el primer café de la mañana he leído esta interesante entrada del blog Ciencia Cognitiva y me he propuesto divulgar un poquito de ciencia con cariño para todo aquel que se deja caer por esta prolongación virtual de nuestra existencia porque me parece realmente útil para cualquier persona.

Supongamos que nos proponen dos tareas: Tarea 1 y Tarea 2, pues bien, cuanto más simultánea sea su propuesta (cuanto más “a la vez” se presenten), más tardaremos en responder la Tarea 2. Parece que poner en marcha los mecanismos que necesitamos para resolver la primera tarea conlleva un proceso que siempre requiere el mismo tiempo, se presenten o no otras tareas a la vez. Sin embargo, el tiempo requerido para resolver la segunda tarea sí que es mayor cuanto más “procesando la primera tarea” estuviéramos cuando se nos propone (efecto del periodo refractario psicológico o PRP, Pashler y Johnston, 1989).

Ejemplo: estoy en el sofá y llega Sara y me dice “hay que sacar a los perros”. Supongamos que estoy de buenas y no refunfuño así que dejo todo lo que estaba haciendo rápidamente y me dispongo a ello. Tardo… 30 segundos en levantarme del sofá y 1min en estar preparada en la puerta con los perros con sus correas, las bolsitas para las cacas y las llaves. Ahora supongamos que estoy en el sofá y llega Sara y me dice “hay que sacar a los perros”, se va a al baño y mientras se lava los dientes me dice “y bajar la basura y el reciclaje”. Yo tardo 30 segundos en levantarme del sofá igual y 1min en prepararnos para bajar, pero OJO, dentro de este minuto en el que me levanto del sofá, cuanto MENOS tarde Sara desde el baño en decirme que haga la segunda tarea MÁS tiempo tardaré yo en procesar lo que tengo que hacer para bajar el reciclaje (ir a la galería, coger las bolsas etc etc). Cuanto MÁS tarde ella en decírmelo (por ejemplo, si espera a que me haya levantado del sofá y me haya puesto en marcha ya, MENOS tardaré yo en preparar la basura y el reciclaje para bajarlo.

Supongamos ahora que se me proponen a la vez dos tareas. Realizar la Tarea 1 requiere tiempo y es complicado. La Tarea 2, por contra, se hace en poco tiempo y es relativamente sencilla. Pues bien, si se escoge realizar la Tarea 2 (corta y sencilla) primero y luego la Tarea 1 (larga y compleja), el tiempo de respuesta requerido para ponerse a resolver la segunda tarea, disminuye (ojo, no el tiempo que tardamos en resolverla en sí, sino el rato en el que pensamos cómo a hacerlo y nos decidimos a hacerlo).

Ejemplo: Sara está en el sofá y llego yo y le digo “hoy toca limpiar la arena de la Mimi” , me voy a la barra de dominadas, hago cinco y cuando me bajo le digo “y hay que poner una lavadora”. Sara está hasta las narices de la puñetera foto que está revelando porque no le termina de quedar como ella quiere y apaga el PC mientras intenta decidir qué hacer. Si decide poner la lavadora (tarea corta y fácil, se tarda máximo 1-2 min) antes que limpiar la arena de la Mimi (larga, desagradable y relativamente más compleja, puede llevar de 5 a 10 min). Tardará MENOS en ponerse con la segunda tarea, que si decide hacerlo al contrario, aunque tardará lo mismo en realizar cada tarea (1-2 min y 5-10min). Pero el tiempo de procesamiento, es decir pensar en qué necesita preparar/hacer y en qué orden, será menor.

Ahora, sabiendo esto, ¿cómo incrementar la productividad en casa? Estoy en el sofá y Sara, desde el PC del cuarto de al lado me dice que he de bajar a los perros. Gruño un “ya voy” (Sara recuerda que hay que bajar la basura también, pero ha leído esta entrada y recuerda aquello del “efecto del periodo refractario psicológico”, así que espera a que me levante del sofá y empiece a preparame para sacarlos para decirme “ah, estaría bien que bajaras la basura y el reciclaje”. Mientras termino de prepararme para bajar a los perros, voy a la galería a por las bolsas veo la lavadora y me viene el aroma inconfundible de la presencia felina en la casa. Sara sigue con su PC y yo tengo dos tareas en mente que proponerle. Primero le digo “hale nos vamos, pon la lavadora porfa”. Le doy un beso y me voy a la puerta con mis chuchos y mis bolsas (sí, tengo dos manos sólo peeeero… productividad XD) mordiéndome el labio para no soltar lo de la arena de la Mimi, una vez allí oigo cómo su silla giratoria se menea… justo la señal que esperaba, cruzo el umbral y suelto: “y hoy toca limpiar la arena de la Mimi”. Oigo un gruñido y quejas sobre la frecuencia y abundancia de la excreción de la gata, cierro la puerta y me alejo satisfecha.

**PRODUCTIVITY BOOST SUCCESSFULLY ACTIVATED**

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Equilibrando autosuperación, antifragilidad, autoexigencia y autoestima

Hoy vengo a compartir un poquito de mi forma de ser y de entrenar a través del blog. Comienzo con una imagen.

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Sigo el programa del mes de ejemplo del sistema Paleotraining desde hace ya pfff, cerca de dos años vaya. Lo complemento con otros entrenamientos de calistenia, pesa rusa, carrera (velocidad y resistencia), aeróbico de baja/moderada intensidad (senderismo). Con respecto al entrenamiento Paleo, pues bien, resulta que al inicio de dicho mes se hace un test (test paleo) que consiste en hacer el máximo de repeticiones de cuatro ejercicios en un minuto, dejando una pausa de tres entre cada ejercicio. Su función es determinar el número de repeticiones por vuelta que deberé emplear para el siguiente test, que mide número de vueltas por minuto. Estos test están pensados para que uno pueda evaluar su estado e ir progresando en función del mismo.

Suelo dejar las repeticiones máximas apuntadas en mi pizarra para tenerlas como guía para la próxima vez que repita el test (al mes siguiente). Bueno guía, guía… vamos a llamar a las cosas por su nombre (y aquí viene ese pedacito de mí que vengo a compartir): es mi listón. Y cada mes me lanzo al test no como debería (con intención de evaluarme y reajustar según mi estado/progresión), sino con intención de superarme… o como mínimo igualarme. Como contaba en esta entrada, no me motiva competir contra los demás, pero sí contra mí misma. Me mueve la autosuperación y la comparación con los demás me resulta útil sólo porque me anima el pensar que si existe quien me supera, es porque es posible alcanzar ese grado, así que existe esa posibilidad (hasta que yo me demuestre lo contrario). Es decir, que me explico fatal, que si otros pueden hacerlo, entonces merece la pena intentarlo y esforzarme por lograrlo yo también porque ES POSIBLE, pueda yo o no de momento. Superar a los demás, en cambio, me trae poca o nula satisfacción personal. Superarme a mí misma, ay, eso ya es harina de otro costal… superarme a mí misma es casi mi esencia, lo que me define. Lo que, si caigo en el exceso, me lleva al pefeccionismo y la autoexigencia desmedida, pero bien racionado, me lleva al crecimiento personal, la evolución y a la mejora (en mi opinión claro jajaja).

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Esta foto sirve para retratar mi crecimiento personal, mi evolución y mi progreso

Pues eso, volviendo al test. El caso es que lo más frecuente es que me iguale o me supere, lo cual, en parte mola (porque me supero) y en parte no, porque el segundo test se vuelve más duro. Pero a veces… pues en vez de subir o igualar, pues bajo repes. Suelo ser benevolente y compasiva conmigo misma y si estoy cansada, he pasado alguna enfermedad o entrené pesado el día anterior… pues me perdono y me animo a mí misma, porque qué coño, la aceptación y el amor incondicional hacia uno mismo es lo primero, básico para blindar la autoestima. Pero pese a ello, he de reconocer que quedo contrariada. Un poquito.

Hoy me ha pasado.

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Bajé repes en la repetición del segundo test el del mes, que hice el sábado y me jodió un poco. Pero me mostré comprensión y compasión porque estaba cansada de la semana y en plena menstruación. Y hoy lunes, después de descansar toda la tarde de ayer, esperaba estar a tope para “sacar buenas notas” en el test de principios de mes. Pues nop. He bajado repes en los cuatro ejercicios. Y al acabar me he sentido bastante contrariada. Porque ni estoy cansada (ayer me hice mis 8-9km corriendo por montaña habituales, pero me pasé toda la tarde descansando y dormido bien) ni se puede justificar mi bajo rendimiento por mi estado hormonal (estoy en fase folicular, la más favorable porque tenemos más fuerza y nos fatigamos menos).

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He pensado que quizá el bajo rendimiento era porque no estaba demasiado activada pese al café matutino y quizá tras un calentamiento me habría ido mejor… así que he decidido repetir el test. He subido algunas repes… peo no muchas. Y ya puestas, como dicen que no hay dos sin tres… pues lo he vuelto a repetir. Y ya he dejado de luchar, porque tres es justo lo que necesito para hacer una media y porque he vuelto a hacer las mismas repes que la primera vez, prácticamente.

Y esto es lo que hay.

Como hace sólo hace dos días que estoy en fase folicular, voy a pensar que tengo algo de anemia post-menstruación (por la pérdida de sangre) que lo dudo, pero bueno y voy a ser benevolente conmigo misma. Pero si quiero ser totalmente sincera conmigo y por ende, con quien se siente interesado por mí… pues tengo que reconocer que hoy, además de intentar superar a mi yo del mes pasado, como no lo he conseguido, he intentado superar al menos a mi yo del día de hoy y como lo he conseguido pero por muy poco, pues me he hecho una tercera ronda… “de castigo” por ser una floja de mierda XD.

Me pasa que si no me gano me cabreo un poco y si me descuido me acabo castigando un pelín, por si acaso fuera que me he descuidado conmigo misma, no he sido todo lo diligente que debía y por exigirme menos de lo que puedo, me he ablandado de más. Me cuesta mantener el equilibrio entre buscar la antifragilidad y mantener controlada la autoexigencia y cuidada la autoestima. En ello ando, me figuro que no seré la única 😛

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Rutina matinal antes del café

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Ya está, se acabó el descanso y toca volver, otra vez a lo mismo. Vamos, no dejes pasar ni un minuto más, la evitación sólo retrasa el inevitable momento de salir de la cama y te resta minutos de vida y aún peor: aumenta el riesgo de que te vuelvas a dormir y acabes levantándote más tarde de lo que te habías propuesto. Tu quieres levantarte temprano. Es desagradable, lo sé, joder te comprendo… Salir de la cama es la primera gran batalla. Pero tú quieres levantarte al amanecer. No lo deseas… pero lo necesitas. Levantarte al amanecer es una necesidad biológica que tu cuerpo espera para funcionar correctamente, cumplir con la rutina es cumplir contigo misma.

Pero es que además, por más desagradable que sea, quieres hacerlo porque sabes que es lo correcto, porque madrugar, habiendo descansado suficiente, sólo puede traerte beneficios. Y empezar el día bien aumenta la probabilidad de éxito. Empezar el día bien es hacerte un favor que sólo tú puedes hacerte, un favor muy grande y muy valioso. Quiérete y protégete, que lo malo llega y te arruina el día si no estás preparada. Vamos, en pie y a comenzar con la rutina.

Ahí tienes tu amanecer, te lo has ganado. El cielo brilla y se viste de preciosos colores para ti y para todos aquellos que han librado la primera batalla y han salido (de la cama) victoriosos. Disfrútalo, es la celebración épica de tu primer triunfo del día. Lo petas, tía.

El mundo bosteza y va despertándose ahí afuera y tú tienes que espabilarte también, así que vamos, aléjate un poco de la ventana y a por la segunda rutina del día: hay que explicarle al cuerpo que se tiene que poner en marcha, que si no haces nada y no te mueves no se entera.

Estira bien los músculos y haz bien la técnica, no te relajes, no lo hagas a medias. Sólo tienes esta oportunidad el día de hoy y no cuesta tanto, te arrepentirás si no la aprovechas al máximo. Lo difícil es ponerse, hacerlo bien no exige tanto, sólo es un poquito de esfuerzo más… y a cambio tendrás mucha más satisfacción personal. Busca tu máximo y no te conformes con un mínimo pobre por comodidad y desgana. Hacerlo bien es otro favor para ti misma, quiérete joder, conformarte con menos es quererte poco y mal. Cumplir ya es un éxito, sí, estamos de acuerdo… pero buscar la mejora a través del esfuerzo es quererte. Duele, es incómodo, cansa… es duro… pero tiene recompensa. Nada nuevo, esta canción ya te la sabes. Lo has convertido en tu himno. Buscar la comodidad te vuelve débil, lo contrario fuerte (antifrágil). Venga, que ya lo tienes, persevera, sigue luchando. Es media hora sólo y luego te sentirás mejor. Tu cuerpo te agradecerá tus cuidados y miramientos. Y si no puedes hacerlo a tope hoy, no pasa nada, que lo harás mañana. Hazlo como puedas y sé comprensiva contigo misma. Eres humana, no te sobreexijas, que exigir de más puede agotar todos tus recursos si te descuidas… y así no vamos. Hay que avanzar con firmeza no ir a rastras. Date el respiro que consideres, sin remordimientos. Otro día más y mejor.

Ya está. Rutina acabada y tienes todos tus músculos, ligamentos y articulaciones preparados para funcionar al unísono y permitirte hacer lo que les quieras pedir. Ahora pídeles, no les defraudes. Tú les has llamado, tú les has pedido que se activen y se preparen para ser usados. ¡Pues úsalos! ¡Muévete! Sal ahí fuera y haz saber al mundo de tu existencia. Sal de la cueva y enfréntate al frío y al resto de inclemencias del exterior. Va, que aún tienes que cumplir con esta otra rutina antes de permitirte relajarte y arrellanarte cómodamente en tu sofá con una taza de café calentito en las manos, así que venga, cuanto antes salgas, antes llegará el momento.

Última rutina de la mañana: un paseo rápido para terminar de espabilar al cuerpo. Y ni se te ocurra coger el ascensor… ¡usa esas piernas a la ida y a la vuelta que están más que dispuestas y con ganas de guerra!

Esta entrada nace en realidad porque me apetecía escribirme un speech de motivación como sugieren en Entrena como un héroe en su entrada Hoy empieza tu vida: cómo empezar el día con motivación. Al final más que un discurso motivador, a mí me ha salido algo más parecido a una descripción de mi recientemente estrenada “Morning Routine Before Coffee” (así la anoto en la agenda cuando cumplo con ella), un hábito que me he propuesto adquirir este año y llevo cumpliendo casi a rajatabla desde el 1 de Enero.

Hacerlo un “Propósito de año nuevo” no es más que una excusa que he usado para poner en marcha la adquisición de un hábito sano que quería que formara parte de mi forma de vida de forma consistente. Las oportunidades hay que usarlas y esta estaba en mi mano. Puede ser una costumbre estúpida por mil motivos y que eso te genere rechazo… pero lo realmente estúpido es no aprovechar una oportunidad que puede conducirte a una mejora personal y un mayor bienestar porque te lo impide el rechazo y los prejuicios.

Moralinas mías a parte, espero que os haya gustado mi speech personal (aún no sé si me lo grabaré o no para escucharlo por las mañanas, la verdad…) y os recomiendo visitar la entrada que os he enlazado arriba y escuchar el discurso de ejemplo que comparten, se lo han currado mucho y creo que puede ser fuente de reflexión y potencial mejora personal para quienes se acerquen por primera vez a ciertas ideas y conceptos que contiene y también será del agrado de quienes, como yo, disfrutemos reencontrándonos con ellas con frecuencia y en diferentes formatos.

Lidiando con la insatisfacción vital

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Claramente desnortada

Me encuentro un tanto desnortada últimamente. Siento que voy un poco tambaleándome, avanzando sin ton ni son y algo “aturullada” por dentro. No estoy siendo nada “productiva” en esto de vivir y tengo la sensación de que no aprovecho lo suficiente el privilegio de la existencia. Vamos que siento insatisfacción vital.

Esta sensación es una potente señal y ante ella creo que todos reaccionamos con la misma urgencia: “necesito cambios en mi vida”.

Hay quien se siente tan atrapado en una vida insípida que rompe con todo y comienza de nuevo, en otro lugar, con otra ocupación, con diferente compañía… No me cabe duda que este método es útil para remediar la insatisfacción vital y funciona… pero sólo a corto plazo. Cambiar las circunstancias externas (nuevo trabajo, nuevo hogar, nuevas compañías…) suele solucionar el problema durante un tiempo… hasta que se pasa la novedad, te habitúas y otra vez caes en la insatisfacción. Y vuelves a necesitar introducir cambios en tu vida (coche nuevo, un hijo, una mascota…) o a romper con todo otra vez y “cambiar de aires”. Hay quien se pasa la vida dando tumbos buscando unas condiciones externas ideales en las que ser feliz y sentirse satisfecho.

Hasta el momento, nunca ha sido ese mi ideal de modo de vida. No me interesa. Me atrae más la estabilidad e invertir más sabiamente mi tiempo, mi energía vital y mis recursos personales.

Pero por otro lado, creo que es importante no desatender las señales y fluir. Es algo que he aprendido por experiencia personal y ajena: estancarse, obviar u esconder las propias necesidades insatisfechas y seguir adelante sintiéndonos “atrapado/as” en la forma de vida que llevamos sólo conduce al caos, interno y externo. Es insostenible.

¿Y entonces qué? Te preguntarás. Si la insatisfacción vital es una señal que no conviene desatender y ésta nos reclama cambios, pero cambiar nuestra realidad externa sólo es una solución temporal, poco rentable, que nos devolverá al mismo punto más tarde o más temprano… ¿qué cambiamos entonces? Pues la realidad interna, ni más ni menos.

Yo me declaro estoica. La solución no es cambiar las circunstancias externas para encontrar aquellas ideales en las que nos sintamos satisfechos y felices. La solución es cambiar uno/a mismo/a para ser capaz de sentirse satisfecho y feliz en cualquier situación o circunstancia. No me refiero a resignarse, ni a estancarse y aguantarse con lo que hay… (¡eso no es fluir!), sino a cambiar por dentro para lograr independencia de lo externo, para estar bien por dentro pase lo que pase por fuera.

A mi entender, esta es la solución más rentable y útil para atender a la llamada de la insatisfacción vital sin caer en la pescadilla que se muerde la cola de romper con todo y empezar de nuevo.

Así, tras reflexionar un poco al respecto de mi insatisfacción, encuentro que posiblemente me ayude concentrarme en:

1. Disfrutar más y aprovechar mejor lo que tengo.

– Buscar activamente y explotar el bienestar que me pueden proporcionar los recursos de los que dispongo en mayor grado (aprovechar más los beneficios potenciales de lo que tengo) pero sin apegarme a ello (sin sentir miedo a perderlo o a dejar de contar con ello).

2. Eliminar limitaciones internas y librarme de cargas innecesarias que me impiden disfrutar/aprovechar lo que tengo.

– Redoblar esfuerzos para no caer en distorsiones cognitivas atendiendo al máximo a la razón y la lógica.

– Desresponsabilizarme y despreocuparme para poder disfrutar de dichos beneficios y del bienestar que pueden proveerme los recursos de los que dispongo, sin caer en la desconexión emocional, la falta de sensibilidad o la desvinculación hacia los demás.

3. Economizar fuerzas e invertirlas sabiamente, evitando errores y pasos en falso.

– No actuar por inercia (sin un fin que realmente justifique mis actos), reflexionar bien antes de hacer nada y guiarme ante todo por la prudencia, la simplicidad y la practicidad.

Hasta aquí llego por ahora, esta es la hoja de ruta que me he diseñado, de momento, para avanzar hacia una mayor satisfacción vital.

Ahora viene la parte difícil… llevarlo a la práctica. De momento tengo algunas ideas, voy a intentar:

– Empatizar sin simpatizar.

– Mostrar comprensión y solidaridad sin implicarme más de lo que entienda conveniente.

– Ser de ayuda (o como mínimo no estorbar ni poner dificultades) centrándome lo máximo posible en el presente y el tiempo más inmediato.

– Desatribuirme responsabilidades autoimpuestas o impuestas externamente que no me compensan.

– Disminuir mi grado de control, vigilancia y alerta al respecto de todo aquello que no sea vital.

– Potenciar mi espontaneidad en ciertos ámbitos.

– Querer incondicionalmente.

– Valorar y ser más consciente de las bondades/recursos que tengo y disfruto a la vez que reduzco la relevancia de lo negativo y/o las ausencias.

– Ser más activa (y creativa) usando los recursos de bienestar de los que dispongo.

– No hablar de más (o hablar por hablar), no decir cosas de las que me pueda arrepentir sin un buen motivo (a poder ser altruista).

– No complicar las situaciones con acciones irreflexivas.

– Si he de actuar, preferir siempre la opción más simple y/o práctica.

(…) Pendiente de revisión y ampliación.

Son bienvenidas y agradeceré tanto propuestas y sugerencias como opiniones y experiencias personales ¡tú que me lees eres un recurso de la hostia que seguro que podría explotar más y mejor! 😛

Planificar tus vacaciones en la montaña (y no morir en el intento)

Seguimos luchando con denuedo contra la depresión post-vacacional, o mejor dicho, contra los nefastos efectos que podría llegar a tener de no ser por nuestros esfuerzos. La llevamos con más o menos dignidad, intentando no renegar excesivamente del trabajo, pero aquí nadie está exento del bajón de energía y la apatía a la que nos lleva el “duelo” por la pérdida de ese ser amado que es el tiempo de ocio y de aventura. Sólo nos queda contemplarla como proceso natural que es y, en la medida que nos lo permita, ir recuperando e incluso mejorando los hábitos que mantienen a nuestros neurotransmisores más o menos equilibrados, hasta que se aleje definitivamente tan naturalmente como vino.

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Los perros tenían mucho que recuperar física y mentalmente, pero no me cabe duda de que la vuelta a la rutina les dejó en un estado igual de catatónico que a nosotras.

Quiero adelantar que esta entrada es un batiburrillo en el que se han mezclado ideas que quería haber comentado antes de irnos de vacaciones (pero no lo hice por falta de tiempo y porque no es demasiado prudente compartir públicamente que te vas de vacaciones), con algunos aspectos del viaje en sí que no tienen demasiada cabida dentro de los próximos post que tengo pensado escribir con la descripción de las rutas. Y, aunque haya quedado un poco extraño, no quería dejar de compartir estas cosillas, para la posteridad y por si le son de utilidad a alguien, Además, espero que escribirlo me ayude a vencer el bloqueo creativo al que me enfrento tras la vuelta a la rutina y a mi jornada laboral de 40+ horas :S

A principios de año, después de nuestras minivacaciones de febrero en Alicante, decidimos que este año aprovecharíamos para visitar los Pirineos, antes de que a la vida se le cruce devolvernos al árido y lejano sur. Teniendo como tenía toooodo el largo verano de trabajo para planificar el viaje, es fácil imaginar que no fue hasta casi agosto que me puse con ello (en mi defensa diré que no fue hasta agosto que supe las fechas definitivas de mis vacaciones…). Inicialmente queríamos pegarnos el viaje padre, pasar entre 10 y 12 días fuera, acampar en diferentes sitios y visitar varias zonas. Vamos, ver mucho para sentir que habíamos aprovechado nuestras “largas” vacaciones al máximo.

Nos enfrentamos así a la primera de las decisiones. Hasta primeros de agosto mi idea era pasar dos o tres días en el pirineo catalán (Aigüestortes, principalmente) y después movernos hacia Ordesa y Monte Perdido para pasar el resto de las vacaciones allí. Sin embargo, cuando me puse a mirar rutas para hacer, decidimos que nos iba a salir más a cuenta pasar todas las vacaciones y ver todo lo que queríamos ver en Huesca que gastar 3 días (entre viajes, montar campamento, etc…) para ver el Llac de Sant Maurici y poco más.  Al fin y al cabo lo tenemos más cerca y, aunque tenemos muchas ganas de ir y conocerlo, la masificación y mercantilización del sitio también nos tiran bastante para atrás.

Una vez decidido que iríamos solamente a Huesca y que nos íbamos a alojar en el camping de San Nicolás de Bujaruelo (porque ¿quién va a quedarse en un camping de cuatro estrellas a pie de pueblo y a media hora de todos los sitios que queríamos visitar pudiendo ir a acampar en mitad de la nada en el puto último sitio habitado de España…?) vino la segunda decisión chunga.

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Refugio y camping de Bujaruelo. Con sus más y sus menos, lo cierto es que se ha ganado un hueco muy especial en nuestro corasonsito.

Y es que cuando uno se pone a mirar rutas por pirineos y descubre ese vasto mundo de  GRs y travesías, y ve tantas personas que han estado en todas partes, y te parece que “gente normal” se lanza a hacer tresmiles y rutas de más de 30 km… es difícil no sentirse “mediocre” por hacer lo que hace todo el mundo. Es difícil no volverse loco y caer en la tentación de querer hacer más de lo que uno puede.

Y lo que nosotras podemos, pese al entrenamiento físico, estaba condicionado por 3 cosas:

1º Los perros: En el momento en que decidimos llevarlos (que es siempre mientras podamos y ellos estén bien), ellos son lo primero y en función de su estado debemos planificar todo lo que hacemos. Afortunadamente, aún son adultos jóvenes y están bien entrenados, pero habiendo tenido ya alguna mala experiencia por no contar con su desgaste, decidimos ser prudentes. Rutas de más de 20 km casi entran en la categoría de maltrato, especialmente si se acumulan varios días y empiezan a aparecer heridas en las almohadillas, así que intentamos evitarlas.  Por otro lado, aunque son mucho más fuertes y hábiles que nosotras para algunas cosas, no pueden trepar paredes (generalmente) o subir cadenas o escalas de mano, así que cualquier pequeña trepa o paso delicado nos puede hacer tachar una ruta de la lista, por más que nos duela.

2º El minimalismo: Aunque fuimos extremadamente previsoras y cargamos el coche con todo tipo de calzado, nuestra primera opción siempre fueron nuestras queridas Fivefingers. No se puede hacer ni aguantar lo mismo con zapatillas minimalistas que con botas amortiguadas con 3 cm de suela,  y esto no es nada de lo que avergonzarse, al contrario. No sólo nos sentimos más cómodas, más seguras y “sentimos” y valoramos más lo que estamos haciendo, si no que directamente nos parece inapropiado hacer algo que en teoría no seríamos capaces de poder hacer. Preferimos no “doparnos” con protecciones para poder llegar más lejos, cosa que por otro lado comprometería nuestra salud muscular y articular y no contribuye a nuestro desarrollo físico real. Pero esto requiere mucha reflexión y madurez, es difícil desestimar la envidia y ser capaz de gestionar ese puñetero “con lo que me esfuerzo no es justo que yo no pueda hacer tal…”.

3º Disfrutarlo: A lo largo de más de diez años de andar juntas hemos tenido que superar más de una ruta con mala planificación o exceso de optimismo que, si bien no podemos decir que fuera mal (no en vano aquí estamos), es cierto que en algunos momentos el sufrimiento (físico y/o mental) ha superado al disfrute. Hace tiempo que  no queremos llegar a ese punto ni de extenuación ni de estrés y por tanto, decidimos evitar también rutas de mucho más de 20 km por nosotras, así como contar con tiempo suficiente para la recuperación física que pudiéramos necesitar. De esta manera, hacer menos si hacía falta, pero hacerlo bien: sin dolor, sin lesiones y sin agobios.

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Tanto por ver y tan pocas vacaciones al año :_)

Con todo y con eso, la menda fue a dar con una travesía relativamente facilita de 40 km (20 km cada día) que me enamoró. Desde San Nicolás de Bujaruelo hasta el Circo de Gavarnie (Francia), con noche en Gavarnie, y vuelta por el valle de Canau y el Ibón de Bernatuara, aquí la dejo. La experiencia tenía suficientes dosis de epicidad como para compensar la pequeña decepción que sentía por tener que someter mis ansias montañeras a las consideraciones anteriores, ¡además íbamos estar en Francia! (me hacía ilusión ir con Estefa) así que, tras hablarlo largo y tendido y rebatir muchos de los contras que encontramos, decidimos que podíamos atrevernos a hacerla.

Y entonces, cuando ya iba a reservar hostal en Gavarnie para la noche indicada, de pura coña descubrí que en todo el Parc des Pyrénées francés no se admiten perros. Ni sueltos, ni atados, ni en pintura, prácticamente. Me quedé de piedra y durante los siguientes días estuve investigando más a fondo y leyendo experiencias de gente que cumplía e incumplía dicha norma. Por lo visto, hay cierta permisividad en algunas zonas y hay visitantes que directamente se la pasan por el forro, pero también personas a las han llamado la atención o no les han dejado pasar a determinados sitios (no encontré referencias a multas, al menos). Aunque no esperábamos tener problemas en las zonas más altas, el circo de Gavarnie es la principal atracción turística del parque y, sinceramente, la idea de comernos un marrón después de 18 km de andar o que no nos dejaran acercarnos a la cascada, como que no nos apetecía demasiado.

Y sí, podríamos habernos arriesgado, pero nos pesaba bastante añadir otro contra más a una actividad con la que ya estábamos saliendo de nuestra zona de confort, y la posibilidad de tener problemas chocaba fuertemente con la condición 3. Pero principalmente cambiamos de plan porque nos pareció indignante la normativa (perros atados vale, porque la gente es imbécil y les deja hacer lo que les da la gana, pero ¿prohibidos a lo largo de kilómetros y kilómetros de montaña como si el mundo fuera suyo para vetarlo a su antojo…?). Un poco bochornoso en nuestra opinión, la verdad. Así que nos fastidiamos un poquito, pero elegimos discriminarles de la misma manera que nos estaban discriminando a nosotras. Ellos verán lo que hacen.

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La cascada más alta de Europa tendrá que esperar a que Francia cambie de idea… o a que nosotras no tengamos perros (mejor que espere sentada)

Después de tantos contratiempos (que lo son para alguien tan negativo como yo), unidos a mucha saturación y presión por el trabajo, los ánimos estaban un poco por los suelos, y la última semana nos demandó más esfuerzo de gestión emocional que de planificación. Además de la gestión de la frustración y el mal rollo que se estaba adueñando de las vacaciones, en mi caso fue muy importante y creo que merece la pena la reflexión, el control de las expectativas. Tantos meses esperando el viaje, tantos planes y tantas ilusiones puestas son peligrosas cuando todo lo que quieres hacer no depende de ti y hay mil motivos por los que podrían venirse abajo. Hay que estar preparado para nuevos contratiempos y posibles planes frustrados, y mentalizarse para que, si suceden, ello no suponga disfrutar menos de las vacaciones.

La preparación fue con un poco de retraso por causas de trabajo pero muy minuciosa, lo que ocasionó que perdiéramos un día. Por otro lado, la llegada del mal tiempo y la necesidad de más días para estar con las familias nos hizo reconsiderar la duración del viaje. Finalmente, pasamos ocho días con sus siete noches en el entorno del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido y alrededores, alojándonos en la zona de acampada del Refugio de Bujaruelo, del que hablaré posiblemente en otro post, que este ya se está extendiendo de más. Algunas de las rutas las iniciamos directamente desde allí y para otras tuvimos que andar moviendo el coche por pista y carreterillas, lo que nos hizo perder algo de tiempo en desplazamientos (si la planificación hubiera sido un poco menos deficiente y hubiéramos tenido más claro lo que íbamos a hacer cada día habría sido más lógico alojarnos mejor comunicadas para visitar el sector este y luego ya meternos en medio del valle, pero tampoco fue tan grave y pasamos buenos ratillos en el coche).

Afortunadamente, todo salió a pedir de boca. Tanto nosotras como los perros rendimos estupendamente y, pese a algunas dificultades, no tuvimos que lamentar ningún percance, por lo que podemos decir tranquilamente que exprimimos (teniendo en cuenta los condicionantes anteriores e incluso estirando un poquito de ellos) al máximo cada uno de los días que pasamos allí. La experiencia en general, como ya os iremos contado en detalle, ha sido sobresaliente, y no quería dejar de resaltar que ha sido así gracias a la preparación tanto física como mental, así como al aprendizaje y el autoconocimiento. Bueeeno, y un poquito de suerte también :).

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Aunque sabemos que estás deseando saber más y ver más fotos chorras, si te ha gustado (o no) este refrito de reflexiones, puedes dejarnos un mensaje aquí 😉

La pata que cojea: ¿Tímida yo?

Juampeyyo

Sigo batallando con la cuarta pata de la mesa y esta vez me ha dado por reflexionar un poco más seriamente al respecto de mi historial, mi trayectoria personal y mi status quo actual. He estado revisando textos serios relacionados con aspectos de la personalidad como la timidez, la introversión, la fobia social… etc, etc, para intentar ubicarme a mí misma dentro del espectro de la personalidad y la conducta social (ya adelanto que no he podido). En el proceso he estado recordando y reviviendo cómo me he sentido y desenvuelto socialmente a lo largo de mi vida y también le he dado vueltas a cómo me siento ahora. Esto es lo que encontrarás en esta entrada, si te atreves con ella (sólo recomiendo abordar este bodrio a lectores verdaderamente interesados en conocerme muy a fondo, es realmente un coñazo de escrito que no sé siquiera si a mí me interesará releer algún día y que probablemente está lleno de incoherencias, sinsentidos e interpretaciones erróneas). Así que si sigues leyendo, te doy mi más sentido pésame por las neuronas que se te van a suicidar en el proceso.

Volviendo al pasado: de cómo una niña extrovertida empieza a sentir ansiedad y rechazo hacia a los adultos

Si retrocedo y escarbo lo suficiente en mis recuerdos, no me cuesta demasiado volver a mi yo infantil. No recuerdo que fuera tímida de pequeña. Todo lo contrario, era más bien extrovertida.

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Yo creo que al principio todo era muy simple: la gente era muy atractiva y por ello su presencia era celebrada y deseada. Es lógico, la presencia otros significaba cosas buenas: atención, mimos, comida, diversión, estimulación y en general necesidades satisfechas. Gente=bien

La gente desconocida o con la que me relacionaba con menor frecuencia era aún más interesante porque aportaba novedades o cosas diferentes. La presencia de gente desconocida significaba mayor estimulación, descubrimientos nuevos, información nueva, diferentes posibilidades… Gente desconocida=bien

En algún punto todo se torció. Aprendí que las demás personas tenían opiniones. Y lógicamente, me gustaba más cuando su opinión sobre cualquier cosa relacionada conmigo era positiva que cuando era negativa.

Yo con la Begoña

La aprobación me hacía sentir bien y la desaprobación me hacía sentir mal. No mucho al principio, ni lo uno, ni lo otro. Al fin y al cabo, no le daba mucha importancia al asunto. Me importaba más yo misma, mi bienestar inmediato y mi proceso de descubrimiento del mundo.

Pero cada vez me fue importando más y más. La matraca incesante de “lo que está bien” y “lo que está mal”, con sus consecuencias positivas o negativas, fue haciendo mella. Y la sensación de que mi conducta era constantemente evaluada por los demás, cada vez era más patente.

Y empecé a buscar la aprobación de los demás e intentar evitar su desaprobación. Era sencillo, sólo había que identificar qué esperaban los demás de ti y cumplir con ello. A veces era fácil y no costaba apenas esfuerzo (sólo era cuestión de hacer una elección correcta), otras no era capaz pese a intentarlo y no conseguía cumplir. Las consecuencias negativas no eran muy intensas entonces, porque al saber que lo había intentado, no había enfado ajeno, pero como siempre he sido muy perceptiva, notaba la decepción de los demás y sentía vergüenza. Y había veces (muchas) que, directamente no quería hacer lo que se esperaba de mí y no cumplía con ello por decisión propia. Entonces sí había desaprobación directa y habían consecuencias negativas más que evidentes (enfados, castigos, mal humor…), de modo que yo sentía frustración y culpabilidad.

Creo que hubo en mi infancia más desaprobación que aprobación. Y entonces la gente dejó de ser bien. La presencia de otros empezó a ser incómoda. La gente juzgaba, la gente censuraba, la gente me impedía ser libre y hacer lo que yo quería. La gente seguía siendo necesaria para acceder a todo lo bueno y deseable, pero a la vez era fuente de ansiedad, angustia y malestar. Ahí se fue todo a la porra y cambiaron las tornas, porque la gente era necesaria (proporcionaba recursos) y a veces todo iba bien en su presencia, pero frecuentemente no era así, de modo que cada vez que tenía que interaccionar con algún adulto o estar en su compañía, de forma previa a ello, sentía algo de ansiedad al respecto. Temía que que esta interacción/compañía fuera desagradable.

Al principio no había evitación, sólo malestar inicial ante ciertas situaciones, pero pronto empezó a aparecer, es el curso lógico del proceso.

A la par, comencé a mostrar ciertas conductas que se relacionan con la timidez, la introversión… Nada del otro mundo, lo común en una hija única: jugar sola, encerrarme en mi cuarto, leer, amigos imaginarios… etc etc. Pero lo cierto es que ya había una gran diferencia entre lo cómoda y a mis anchas que me sentía sola y lo incómoda e inhibida que me sentía con adultos cerca o teniendo que interaccionar con ellos directamente.

Con otros niños (de mi edad o más pequeños) no me sentía incómoda, excepto por tener que compartir recursos. Eso de compartir o hacer lo que otros querían en vez de lo que yo pensaba que sería más divertido… ejhem, digamos que nunca se me ha dado bien. Empecé siendo sólo algo mandona y egocéntrica/egoísta pero en cuanto desarrollé un poquito más la personalidad pasé a ser directamente manipuladora (lograr que los demás hicieran lo que yo quería con artimañas se me daba excelentemente bien :P). No era mala (no me movía el hacer daño, causar sufrimiento ni disfrutaba con el padecimiento ajeno), era (y sigo siendo) egoísta. Primero yo, luego los demás. Y si puede ser, que no se note que te aprovechas de ellos, que te ahorra problemas.

carnaval

El caso es que me sentía cómoda con niños de mi edad o menores… pero no con los mayores. Los mayores, aunque no eran adultos, también me ponían algo nerviosa. Pero no puedo decir que me sintiera inhibida ante su presencia. Pero como los mayores eran más hábiles, inteligentes y capaces que yo, no me quedaba otra que convertirme en “seguidora” y avenirme a que dirigieran nuestros juegos/interacciones o tomaran las decisiones. No molaba tanto jugar con niños mayores, simplemente, pero no me sentía tan juzgada/censurada por su parte, ni sentía que tuviera que “comportarme” y representar un papel ante ellos. Ante los adultos sí. Ante los adultos había que fingir que una no era… en extremo curiosa, irrespetuosa, ruidosa, inquieta, egoísta, irresponsable… y parecer todo lo contrario. Yo era lo que era y a los adultos no les gustaba y querían hacer de mí otra cosa, yo intentaba representar ese papel en su presencia y así tenerles contentos… pero si uno tiene que fingir en presencia de otros para lograr su aprobación y que no haya consecuencias negativas… obviamente no se siente cómodo entre ellos. Gente adulta=mal

Ana Lucila y yo

Inhibiciones conductuales varias

De peque mis padres me obligaban a interaccionar con ciertos extraños (vendedores, dependientes, camareros…) y yo, en vez de habituarme, cada vez me fui sensibilizando más y más. Me vino de perlas tener a mi prima para poder mandarla a ella a hacer “recados”. Actualmente no puedo usar a mi prima… pero a menudo me descubro empleando a mi señora para evitarme una interacción similar con un funcionario/dependiente/vecino… Trabajar de cara al público siempre ha sido de gran ayuda para tratar esta tendencia mía y gracias a ello lo llevo mucho mejor, pero a fuerza de exponerme y obligarme a ello a diario. Los periodos de tiempo que he pasado lejos de esta obligación, han tenido como consecuencia un recrudecimiento bastante fuerte de mi evitación hacia los desconocidos. De hecho conforme menos trato con la gente, más me incomoda su presencia, más me desagradan, más rechazo me causan… Gente=muy mal

Demons

En algún punto de mi vida desarrollé fobia a llamar por teléfono (lo sitúo entre los 17 o 18 años). No a responder una llamada, con eso no tengo demasiado problema (según mi estado emocional) pero sí a hacerla, fundamentalmente si habrá alguien desconocido al otro lado del teléfono. No estoy hablando de sólo sentirme un poco nerviosa ante ello y evitar enfrentarme a la situación al máximo, he llegado al punto de sufrir verdaderos bloqueos con crisis de ansiedad asociada. Hace unos años decidí que no podía seguir tolerando esta fobia y empecé a enfrentarme a ello. Actualmente he recuperado la funcionalidad y soy capaz de hacer una llamada cuando hace falta o necesito algo. Pero no llamo por placer… a nadie y mi primer instinto es evitar hacer una llamada. Si quieres hablar conmigo por teléfono, llámame e insiste si no te lo cojo, pero no esperes que te llame de motu proprio, ni mucho menos. No lo haré, no me nace. Sólo llamo cuando me siento obligada a ello o me obligo para no volverme a sensibilizar con el tema.

Ni tímida ni introvertida

Sin embargo, pese a estos y otros ejemplos, cuando leo al respecto, no consigo identificarme del todo como una persona de carácter tímido, introvertido o que padezca fobia social. Pero lo cierto es que hoy día, tampoco soy una persona que socialice con normalidad.

Siempre me ha gustado tener amigos (imaginarios o reales) y jugar con ellos. He tenido pandilla, mejores amigos (diferentes según qué época), he formado parte de grupos sociales (más pequeños o más grandes) y no me he aislado o retraído al llegar a un entorno social nuevo ni en mi infancia, ni en mi adolescencia ni en mi etapa juvenil (me integré bien al cambiar de cole, seguí haciendo amigos al entrar en el instituto, forjé grandes amistades y conocí a mucha gente en la universidad, ningún problema a la hora de trabajar en equipo con gente nueva en prácticas, he trabajado de cara al público y en equipo la mayor parte de mi vida laboral… etc, etc). Si lo pienso, en realidad, soy una persona muy sociable… pero no social.

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Una persona tímida se pone tan nerviosa cuando tiene que interaccionar con gente en la que no confía o conoce poco que tiene síntomas físicos (se le acelera el corazón, se pone rojo, tiembla, suda, tartamudea, evita la mirada…). Una persona con fobia social lo lleva aún peor y le entra tal ansiedad que deja de ser funcional y lo pasa francamente mal, tanto como para evitar por completo a los demás.

Yo no soy así, ni tampoco ha caracterizado mi personalidad la “inhibición conductual” ante lo extraño. No creo tener mucho problema en este aspecto, aunque a veces pienso que tiendo a “sobreactuar” cuando interacciono con desconocidos, sospecho que para compensar cierto grado de timidez. Pero no calificaría este grado de anormal o patológico. Es una timidez normal, que además probablemente tenemos todos.

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Es sólo que no busco a la gente… y si puedo, la evito. Me siento más cómoda yendo a mi aire, sin compartir tiempo y espacio con otros seres humanos o interaccionar con ellos de forma directa. Además, la interacción directa con los demás me agota mental y físicamente, en mayor medida cuanto menor sea la confianza que tengamos. He estado mucho tiempo considerando si eso es que soy introvertida, porque a menudo lo definen de modo similar. Pero no termina de convencerme esto tampoco.

El camino a la introversión

Cierro la noche copia

Para empezar, yo he llegado a esto, pero no he sido siempre así así. Quizá hoy sí se me podría definir como introvertida (considerando la introversión como una dimensión de la personalidad que agrupa las características de sujetos tranquilos, reservados, introspectivos, retraídos, distantes con los demás excepto con amigos íntimos, cautelosos y con elevado control emocional), pero desde luego, no se podría definir así mi personalidad hasta hace pocos años. Y se supone que una personalidad introvertida se muestra ya al año de edad y se manifiesta, generalizada a múltiples ámbitos de la vida, con inhibición ante lo no familiar… bla bla bla.

Nah, yo no puedo decir que la introversión haya definido mi personalidad durante toda mi existencia. Para nada. Más bien creo que cada vez soy más introvertida como consecuencia a determinadas circunstancias personales.

Primer paso hacia a la introversión: percibir y ser sensible al juicio ajeno.

En primer lugar, como avanzaba al principio, tengo un cierto grado de ansiedad ante el juicio y la evaluación ajena, que en ciertas situaciones, me genera rechazo, evitación e inhibición conductual. Y he subrayado mucho ese “en ciertas situaciones” porque es importante. No me define, no me acompaña constantemente, no me obsesiona, no me incapacita… pero es problemático en ciertas situaciones.

Segundo paso hacia la introversión: tener una percepción algo traumática al respecto de mis habilidades y mi historial en cuanto a la socialización que me genera ansiedad al socializar, me impide relajarme y me hace obsesionarme con la sensación de no estar integrándome adecuadamente.

La fobia social suele desarrollarse a raíz de eventos traumáticos. Yo no tengo fobia social, pero no socializo con normalidad, me cuesta demasiado esfuerzo, no lo hago con naturalidad. No me siento cómoda entre los demás y a menudo siento que fracaso en mis esfuerzos e intentos por integrarme en los grupos sociales.

Una y otra vez, a través de muchas interacciones sociales en mi vida que he sentido y calificado como “no exitosas” he ido reforzando (por refuerzo variable) ciertos convencimientos internos al respecto de mí misma:

Algo falla conmigo. Soy diferente a los demás. Tengo que esforzarme para “encajar” entre la “gente normal” porque si me muestro tal como soy, me rechazarán por ser demasiado diferente, no de forma directa pero sí involuntaria, por no encontrar lo suficiente en común conmigo como para integrarme en su grupo. Tengo que encontrar cosas en común y centrarme en ellas, aunque sean en cierto modo fingidas o producto de una exageración deliberada… Y todo esto me ha llevado a sufrir una especie de “ansiedad social” y a que mi conducta no sea natural cuando socializo y que, además, me cueste relajarme y olvidar que “estoy siendo juzgada”.

Así, parece que cuando consigo “encajar”, lo hago a costa de lucir un yo desfigurado o disfrazado. Y cuando me muestro tal cual soy… me siento fuera de lugar. Y eso sí ha sido un constante en mi vida desde el colegio. Sentirme una pieza de un puzzle diferente, intentando encajar a la fuerza en un hueco más o menos parecido… pero nunca el indicado. Nunca el verdadero hueco al que esa pieza pertenece.

He pasado muchos años buscando ese hueco. O bien cincelando la pieza para lograr que encajara o bien moldeando activa e infatigablemente los bordes del hueco más parecido que he logrado encontrar.

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¿Y qué? Menudo drama. Nos pasa a todos, en mayor o menor medida. Ese hueco es una utopía, como tantas me han obsesionado en mi existencia. Es una asíntota a la que uno puede acercarse pero nunca llegar y a base de:

  • Suerte: para encontrar huecos lo más afines y similares al que idealmente correspondería a la pieza
  • Empeño y esfuerzo: para que la pieza no sea tan rígida y se pueda adaptar a un hueco o huecos “imperfectos”
  • Intervención activa: para influir y modificar en lo posible la forma del hueco para que éste se adapte mejor a la pieza

Por si nos hemos perdido con tanta metáfora: la pieza soy yo y el hueco el grupo/relación social XD

Tercer paso hacia la introversión: ser reactiva y no tolerar el nivel de estímulos habitual y considerado normal en nuestra sociedad y de mi entorno social habitual.

A todo esto se le ha ido sumando otro aspecto de la personalidad muy relacionado con la introversión: mi nivel de saturación sensorial cada vez es más bajo.

Mi cerebro se satura cada vez más pronto ante el nivel de estímulos habitual de la vida moderna y el entorno social. Mi umbral cada vez es menor y enseguida me canso y necesito alejarme y desconectar. Y no sólo me refiero a los estímulos externos que capto con los sentidos (en este orden: auditivos, visuales, táctiles, olfativos y gustativos) sino a estímulos internos (emoción y cognición).

Me agotan los ambientes ruidoso o recargados, la interacción física continuada, me desagradan los alimentos muy dulces o muy salados… y hace mucho que tiendo a la estabilidad emocional (por control voluntario e involuntario, ya que en cuanto estoy sintiendo cualquier emoción más intensamente de lo normal se me “corta” de forma automática) y me canso prontísimo de cualquier actividad que requiera pensar, reflexionar u otras tareas cognitivas.

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Todo esto tiene que estar relacionado con mi neuroanatomía (vías neurales, neurotrasmisores y cantidad de receptores) y niveles hormonales. Y me encantaría entenderlo mejor, la verdad. Pero bueno, intuyo que mis vivencias/experiencias pasadas, mi aprendizaje y adquisición de habilidades gracias a la TREC (terapia racional emotivo-conductual) y mi actual estilo de vida sano y activo tiene mucho que ver. Se han descartado y perdido vías neuronales, se han formado nuevas, que se han ido reforzando cada vez más debido a que están asociadas con el bienestar. Y mis niveles de serotonina, dopamina y adrenalina están regulados gracias al ejercicio físico y la dieta baja en carbos. Mantengo a raya el cortisol y glucocorticoides (estrés) con actividades relajantes, introspección, desconexión y meditación…

Todo estupendo, pero yo estoy en una onda y el resto del mundo en otra. No cabe duda de que el nivel de estímulos al que la sociedad actual se ha acostumbrado y mi entorno social necesita está muy alejado del punto óptimo y natural al que el ser humano está evolutivamente adaptado, pero es el que es y que a mí me sature condiciona mucho mi forma de socializar.

Cuarto paso hacia la introversión: ser tan fiel a mi estilo de vida, rutinas y hábitos que me disguste y trastorne sacrificarlos para adaptarme a los de la mayor parte de mi entorno social (que difieren bastante) y poder compartir más con ellos o dedicarles más tiempo y esfuerzo.

Le sumamos a la ecuación mi rigidez conductual. He encontrado el equilibrio en mi vida, sí, pero a costa de hacer las cosas de una determinada manera, de cumplir con ciertas rutinas sí o sí y como sea, de ser todo lo inflexible y persistente que puedo, invirtiendo y desarrollando al máximo mi fuerza de voluntad y capacidad de sacrificio. Me disgusta y rechazo la debilidad sobre todo para mí misma (pero también en los demás) porque sé que me lleva directamente a caminos por los que sé que pierdo el norte con facilidad. No quiero volver a transitar esos caminos, de modo que me empeño con fuerza en no poner ni un pie en ellos. Porque me conozco, por si acaso… Pero eso me hace ser muy estricta al respecto de mis hábitos y rutinas sobre todo con el tema del ejercicio físico y la alimentación. Pero también con otras muchas aspectos de la vida diaria. No soy una persona que se adapte fácilmente al estilo de vida de los demás. Más bien necesito que los demás se adapten al mío.

budha prayer

Cada vez veo menos claro el tema de ajustar la cuarta pata de la mesa (ver etiqueta La pata que cojea) la verdad… como no me monte una tribu “slow” de inadaptados/obsesivos como yo… :S

Las personas tóxicas no existen

Hace poco leí un interesante texto cuyo título me llamó poderosamente la atención: “En defensa de las personas tóxicas: falsedades y peligros del pensamiento positivo”. Dada su complejidad tuve que leerlo hasta tres veces para entenderlo del todo, pero mereció la pena ya que contiene valiosas reflexiones y enfoques críticos muy constructivos. Automáticamente quise compartirla por las redes, pero pensé que con lo que me había costado entenderla a mí, quizá sería más sensato “traducirla” un poco antes y me puse a ello. El resultado ha sido una suerte de “comentario de texto” como los que hacíamos en el instituto, bastante más largo que el texto original pero creo que algo más claro.

Aquí os lo dejo, pero pese a ello os recomiendo mucho la lectura del original, ya sea previa o posteriormente a la lectura del mío. Merece la pena, de verdad. Incluso por su forma (además de por su contenido), sólo por disfrutar del cuidado léxico que emplea José César Perales, autor del texto y doctor en Psicología y profesor de la Universidad de Granada. Además en él encontraréis todas las referencias que faltan en el mío.

La “mala ciencia” y la divulgación de mala calidad, como siempre, origen del problema

Pese al título que tanto me atrajo, el autor no pretende hacer una defensa ni del pesimismo, ni del victimismo ni del psicotismo ya que todas ellas son tendencias personales poco útiles. La investigación demuestra que el éxito en casi cualquier propósito depende de la precisión de las predicciones que uno hace y de su aprovechamiento posterior, pero sobre todo, de no hacer predicciones si “las claves disponibles no son informativas”, es decir, si nuestra información es incompleta, falsa, sesgada, poco fiable… porque no serán de utilidad. Para que nuestras predicciones sean precisas necesitamos hacer un análisis de la información disponible lo más objetivo posible. El pesimismo/victimismo/psicotismo tienen en común un análisis de la información disponible poco objetivo (y en este caso, negativo) a la hora de hacer predicciones. No obstante, el optimismo también es una tendencia de análisis no objetiva (en este caso, positiva) de la realidad, por lo que tampoco ayuda a la hora de hacer predicciones precisas. Pesimismo y optimismo son dos caras de la misma moneda: predisposiciones a tener expectativas sistemáticas (positivas o negativas).

El propósito del texto tampoco es descalificar la Psicología positiva como tal, sino más bien a lo que acaba llegando al público, es decir, la psicología popular, de divulgación y de autoayuda (que como todo lo que gusta, acaba siendo un negocio y por tanto, acaba pervirtiendo el sentido original de lo que se divulga en pro de gustar y vender más). Por eso el autor pide a los profesionales que se auto-encuadran en este área que no permitan la ambigüedad ni la fragmentación científica (divulgar sólo lo que gusta y vende) ya que su trabajo es científicamente relevante y no debe ser pervertido. Critica que, a la hora de divulgar su trabajo, los estudios en los que se basan o las conclusiones que exponen se dejen llevar por ciertas tendencias que se alejan del método científico o tienen una base débil (confundir correlación con causalidad, sesgo de publicación a favor de resultados que concuerdan con expectativas generales y escasez de estudios longitudinales, experimentales y bien controlados) y caen inevitablemente en la para o pseudociencia.

Al final, lo que le llega a la gente del “pensamiento positivo” no es objetivo ni mucho menos, sino que, además de fomentar ciertos negocios que han surgido a su alrededor, responde a una ideología y unas motivaciones económicas concretas (por ejemplo  ahorrar costes a la Administración pública*) y esto ya jode porque es pura manipulación para mantener el status quo político-económico actual, pero es que además (y esto es mucho peor):

– Considera que las personas son las únicas responsables de sentirse bien y su obligación es conseguirlo independientemente de sus circunstancias (y si no lo consiguen, las descalifica y tilda como “tóxicas”, dañinas para otros).

– Oculta las verdaderas causas del bienestar/malestar psicológicos (que son más complejas).

– Interfiere en las intervenciones serias encaminadas a promover la salud mental y física (los enfoques y tratamientos de profesionales formados y dedicados a tratar a las personas que no se sienten bien).

tu puedes con todo motivacion

El problema: lo que nos acaba llegando de la “Psicología positiva”

En definitiva, lo que nos llega y acaba compartiéndose por internet en infinidad de mensajes, memes, imágenes motivadoras etc etc, en resumidas cuentas son tres consejos: sé optimista, no te rindas nunca y sé positivo. Y además, rodéate de gente que lo sea… y evita a los que no lo son, porque son “tóxicos”. A todos nos suena esa música y a priori no suena mal, pero… ¿son realmente útiles estos consejos?

* Si consideramos que la responsabilidad del bienestar del individuo le corresponde únicamente al individuo, independientemente de sus circunstancias, entonces ni el estado ni la administración tienen ya el deber de garantizar el bienestar de sus ciudadanos con políticas que mejoren sus condiciones de vida. Retornamos a tiempos remotos en donde los esclavos, para ser felices pese a su injusta situación y sus penosas circunstancias, acaban recurriendo al estoicismo, no a la rebelión y demanda de condiciones más justas 😛

Primer consejo: “Sé optimista”

El optimismo es la tendencia estable a pensar que el futuro será positivo. Como decíamos, se trata de un sesgo irracional (si no hay información rigurosa disponible para hacer esa predicción, esta predicción, aunque positiva, es poco precisa y de poca utilidad). Pensar que “todo saldrá bien” es tan incorrecto como pensar que “todo saldrá mal”. Sin embargo, a este sesgo se lo presupone beneficioso para la salud mental.

Está relacionado con la “ilusión de control” (creer tener control sobre cosas que realmente no dependen de nosotros). Al parecer, cuando no estamos deprimidos, somos más activos. Al ser más activos, invertimos más recursos personales y tiempo para confirmar nuestras hipótesis, por lo que la probabilidad de caer en un sesgo confirmatorio aumenta. Esto viene a querer decir que cuando “estamos bien” no nos cuesta demasiado creer que “todo irá bien” porque es lo que queremos creer y por tanto, nos resulta sencillo encontrar argumentos para auto-convencernos de ello. Pero sigue siendo un sesgo, no es un análisis preciso ni objetivo. No obstante, se sigue relacionando el optimismo con el bienestar (presente y futuro). Pero correlación no es causalidad (que dos variables estén relacionadas no implica que una sea causa de la otra), por lo que, es incorrecto afirmar que el optimismo conlleve bienestar. Optimismo y bienestar están relacionados pero uno no tiene por qué causar el otro. O lo que es lo mismo: las personas que se se sienten bien, a menudo también se consideran optimistas… (correlación) pero ser más optimista no tiene por qué implicar mayor bienestar para el individuo (causalidad).

Es más, vamos a darle una vuelta de tuerca: observemos la falacia de planificación (la tendencia a pensar que tardaremos menos de lo que realmente requiere una tarea). Confieso que esta falacia domina (para mal) mi vida: siempre pienso que tardaré menos en hacer cualquier cosa de lo que al final, acabo tardando. Y por eso siempre salgo con el tiempo justo de casa o no hago las tareas que se me encomiendan. No por maldad o descuido… sino porque se me echa el tiempo encima y no entiendo por qué… 😛

reloj pared aldi handmade manualidad

¿Ya es esa hora? Hale otra vez a correr, ¡¿pero por qué, por qué?!

Relacionado con todo esto también está el “si puedes soñarlo, puedes hacerlo”. Esta afirmación es bonita pero totalmente falsa. De hecho se ha demostrado que visualizar el objetivo que uno desea y verse a uno mismo lográndolo, así simplemente, no mejora nuestra motivación ni mejora las posibilidades reales de éxito.

A la hora de cambiar nuestro comportamiento orientándonos hacia una meta, lo que ha funcionado mejor y ha conllevado un incremento de las posibilidades de éxito es un abordaje más práctico y realista: realizar un análisis de los obstáculos que encontraremos en el camino e idear soluciones para es obstáculo para posteriormente visualizar dichos obstáculos y a nosotros mismos venciéndolos. Este enfoque sí resulta útil y motivador, en contraposición con la simple creencia en “si quieres, puedes”.

Entonces sería mejor reformular el consejo: sé optimista, cuando la realidad lo permita.

Segundo consejo: “No te rindas nunca”

Si quieres algo, esfuérzate hasta que lo consigas (de modo que si no consigues algo es que no te has esforzado lo suficiente). Estamos muy embebidos en la cultura del esfuerzo y del no rendirse jamás, pase lo que pase… de forma que decir que alguien “no se rinde fácilmente” siempre constituye un elogio en nuestra sociedad. ¿Pero esta actitud es correcta y beneficiosa en todos los casos? En realidad no, porque no siempre es útil no rendirse.

A la hora de tomar una decisión cabe realizar un análisis previo, pero también uno posterior: es necesario reflexionar sobre los “costes sumergidos”. Si los costes futuros van a ser mayores que los potenciales beneficios, rendirse es bueno y debe hacerse cuanto antes. Definir unos mínimos y conformarse con la primera opción que los satisfaga (en lugar de “aspirar siempre a lo mejor” y “no rendirse nunca”) puede ser más útil a la hora de obtener bienestar para el individuo.

Es más, a veces, no rendirse está más relacionado con la evitación que con la perseverancia: asumir que una decisión que tomamos en el pasado no ha resultado ventajosa en el presente ni tiene pinta de que lo vaya a ser en el futuro es duro, muy duro y la mayor parte de nosotros elegimos camuflar la terrible verdad dándole la vuelta a la tortilla para no enfrentarnos a ello o para no sentirnos tan culpables. Lo hacemos todos, en mayor o menor medida. Un ejemplo:

El año pasado compré una mesa plegable para el sofá. Estaba a buen precio y me pareció una buena idea: al ser plegable ocuparía poco espacio y sin embargo estaría ahí si hacía falta para cualquier cosa (cenar en el sofá, tomarse el café, usar el portátil…). Le busqué un sitio cerca del sofá, pero escondida detrás de una mesa, para que no molestara. A los dos o tres meses de tenerla me di cuenta de que no la había usado ni una sola vez desde que la compré y la tenía en el mismo lugar cogiendo polvo. Inmediatamente supe que había sido una “mala decisión”, una compra, quizá no irreflexiva… pero tampoco fruto de una necesidad real. De acuerdo, no necesitaba esa mesita plegable… pero ya no la podía devolver… No sorprende el resto de la historia: la mesita plegable sigue en el mismo lugar y la saco de vez en cuando, aunque es incómodo montarla para una tontería y podría perfectamente pasar sin ella, yo me empeño en usarla. Además me digo una y otra vez que si vienen visitas puede venir bien, por tanto aunque no la use con frecuencia, “es una inversión” (ejem, sí claro… esas dos o tres visitas al año que con suerte podemos tener). Con este autoengaño y esta conducta de empeñarme en darle forzosa e innecesariamente el uso que yo había decidido, mi mente se relaja y obtengo paz porque “ya no es dinero perdido del todo” y “ya no es una decisión tan mala”.

mesa plegable aldi inútil

Peter el Panda reflexiona profundamente sobre los costes sumergidos usando la mesa plegable para no tener que usar la mano a la vez que el cerebro, imprescindible vamos

Pero no estoy siendo objetiva y estoy privándome a mí misma de asumir las consecuencias de tomar una decisión desventajosa. Estoy privándome del correcto y necesario auto-feedback, del aprendizaje que necesito para poder reflexionar más y mejor la próxima vez que se me plantee una situación similar (la posibilidad de adquirir algo que a priori pueda parecer una buena idea, pero que en realidad no necesito). Esa mesa costó un dinero que no puedo recuperar y no cumple la función para la que la compré… porque no era necesaria. Es incómodo montarla, ocupa espacio, acumula suciedad… y fue una decisión desventajosa. Del tipo que debo evitar en el futuro. Aceptarlo y asumir mi responsabilidad en el asunto, me lleva al crecimiento personal. Si niego la realidad y me auto-convenzo de lo contrario para protegerme de mis “malas decisiones” o no “quedar mal ante los ojos de los demás” lo único que hago es boicotearme a mí misma. Y a veces, el boicot puede ser hasta físico (como ponerse ropa incómoda para justificar su compra, comerse un plato pasado de sal por no tirarlo…) o conllevar la asunción de riesgos innecesarios (usar herramientas deterioradas u accesorios defectuosos…).

Cuando se trata de un bien material y tenemos un autoestima sano, es sencillo asumir y aceptar “malas decisiones” (aunque no lo hagamos y sigamos “guardándolo por si acaso” o se le regalemos a otra persona para crear una ilusión de utilidad, en nuestro fuero interno algo aprendemos al respecto). ¿Pero qué pasa con otro tipo de decisiones, más inmateriales? Un negocio que no tira, una relación de pareja que no funciona, un ser vivo a nuestro cargo al que no podemos atender como necesita o se merece… ¿Somos capaces de asumir que fueron decisiones desventajosas y aprender de ello o nos auto-engañamos y mantenemos la farsa ante los demás? Es más frecuente lo segundo, sobre todo cuando en la decisión están implicadas terceras personas. Es casi inevitable inflar la importancia de los beneficios para compensar los desmesurados costes o aferrarnos a motivaciones morales para mantenernos fieles a nuestras decisiones.

Un mejor consejo sería pues: Si puedes prever que los costes futuros serán mayores que los posibles beneficios, da igual lo que hayas invertido hasta ahora, ríndete cuanto antes para reducir al máximo las pérdidas. Y si decides seguir adelante, por el motivo que sea, no te auto-engañes y aprende de tus “errores” para poder tomar decisiones más ventajosas en el futuro.

Tercer consejo: “Sé positivo”

Que se refiere a no sólo tener una expectativa optimista sobre el futuro, sino además, cambiar a positiva cualquier emoción negativa que podamos sentir mediante una gestión-regulación emocional activa y consciente. Desterrar las emociones negativas de nuestra vida y mantener el máximo tiempo posible un estado emocional positivo.

Modular nuestras emociones e influir en ellas es vital para nuestra salud mental, pero no se reduce a hacer menos desagradables nuestras emociones negativas o eliminarlas por completo. Considerar que las emociones negativas son indeseables y las positivas deseables y que sólo las primeras necesitan ser reguladas es una idea peligrosa. Para ilustrarlo tenemos la impulsividad: bajo la influencia de una emoción positiva, tendemos a perder el control sobre nuestros impulsos e incurrimos con más facilidad en comportamientos de riesgo y que pueden perjudicar nuestra salud. ¿Por qué? Porque actuamos movidos por una “urgencia positiva” que a menudo es el resultado de tener ideas distorsionadas al respecto de lo que podemos ganar (demasiado positivas, no objetivas y ajustadas a la realidad, vamos, lo que me pasó a mí con la mesa plegable) y de la ausencia de un regulador negativo (como la ansiedad, es decir, anticipar consecuencias o sucesos negativos futuros) que conduce a infravalorar lo que arriesgamos tomando determinadas decisiones. Las sensaciones de displacer e incomodidad asociados a las emociones negativas tienen una función biológica: protegernos y aumentar nuestra supervivencia gracias a la prudencia, por lo que no siempre son indeseables o necesitan ser reducidas.

Por ello mi malestar por la inutilidad de la compra de la mesa plegable es correcto y deseable (y flaco favor me hará el que me ayude a verlo de forma más positiva para consolarme) porque como adelantaba antes, la próxima vez que me vea en la situación de adquirir un capricho tonto por más que me parezca buena idea… sentiré algo de ansiedad y tendré más prudencia miedo a acabar picando y perder el dinero en una compra chorra. De nuevo esto es sencillo entender en relación a lo puramente material, pero cuando la cuestión es inmaterial o está relacionada algo tan personal como tus deseos, sueños y esperanzas suena tan atractivo eso de “hazle caso a tu corazón”, “déjate llevar”, “no lo pienses y lánzate”…  que resulta complicado no perder la perspectiva.

villa asoka el grande en adopción

Ojo con la “urgencia positiva” y las adopciones poco meditadas, un compañero peludo es  una responsabilidad para 10 años mínimo. NO TE DEJES LLEVAR, reflexiona y sé prudente

En nuestro caso, tomar la decisión de adoptar a Bruma conllevó semanas de sensaciones de displacer e incomodidad asociadas a la ansiedad que nos provocaba el asunto. Ya teníamos un perro y sabíamos perfectamente el tipo de responsabilidad que estábamos valorando asumir, de modo que no fue nada sencillo tomar la decisión (reconozco que con Hugh hubo más impulsividad). Imaginamos los peores escenarios posibles y hablamos sobre lo que tendríamos que estar dispuestas a hacer dado el caso. Finalmente decidimos hacerlo, pero fue una decisión meditada y prudente. Cualquier otra cosa habría sido una irresponsabilidad intolerable.

Un posible consejo reformulado: sé positivo… pero con prudencia. Actuar impulsivamente o bajo la influencia de emociones intensas no suele ser buena idea…

En conclusión:

Cuidado con lo que difundimos por las redes y las ideas que alimentamos. Ser optimista, positivo y no rendirse nunca no son consejos universalmente útiles y beneficiosos. No siempre es lo que otra persona necesita oír de ti ni la actitud que necesita tomar en su vida. Y aquellos que podrían beneficiarse de dicha actitud pero con sus propias capacidades y herramientas personales no lo logran, no son personas tóxicas. Ni merecen sentirse frustradas, despreciadas y aisladas socialmente por su incapacidad. Son personas que necesitan apoyo de su entorno (amistades y familia) y que podrían obtener ayuda de un profesional cualificado con una intervención de calidad, respaldada por la evidencia científica en lugar de perder el tiempo con enfoques desfasados, poco rigurosos e incluso inútiles en algunos casos, que sólo benefician a quien hace negocio con su malestar y sufrimiento o inconscientemente y sin mala intención seguimos divulgando todos los demás.